LA Asociación Andaluza de Filosofía (AAFI) va a realizar próximamente un oportunísimo homenaje a través de la revista Alfa al profesor don Pedro Cerezo Galán, catedrático de la Universidad de Granada y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Quiero sumarme al mismo pero prefiero hacerlo desde las páginas de este diario, más que desde la propia Alfa, porque para eso hay otras personas más cualificadas y porque deseo dirigirme a la ciudad donde Pedro Cerezo ha desarrollado la mayor parte de su labor profesional antes que al círculo de mis colegas de la AAFI.
Fui alumno del profesor Pedro Cerezo en segundo y en quinto de carrera. En segundo curso impartía Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea, y gracias a él me inicié en el pensamiento renacentista, en Descartes, Spinoza, Leibniz, en los empiristas británicos o Inmanuel Kant. Aunque me consta que me perdí muchas claves y aportaciones del magisterio de Cerezo, recuerdo que en ese curso entraba en un nuevo nivel de exigencia intelectual y académica, como se manifestaba por ejemplo en el extenso programa de lecturas que contenía. Luego me encontré a Pedro Cerezo en cuarto, cuando asistía como oyente a un magnífico curso monográfico de doctorado sobre Epicuro, en el que participaban además otros destacados profesores como los hermanos Tomás y José Luis Calvo, de quien era la traducción de la obra examinada, y José Luis García Rúa. En quinto, Pedro Cerezo le dedicó su asignatura al pensamiento de Martin Heidegger, que es una de sus grandes especialidades y de nuevo volvimos a ser testigos en clase de un nivel de exigencia y calidad profesoral y hermenéutica hasta ese momento desconocido, que muchos días alcanzaba cotas de verdadero virtuosismo.
Pasaron los años, me fui a trabajar fuera de Granada y acabé por perder el contacto con Pedro Cerezo, que tal y como lo recuerdo de los tiempos de la carrera era un joven y elegante catedrático, magnífico pero digamos que acaso muy metido en su papel. Cerca de catorce años después de licenciarme, Pedro Cerezo presidía el tribunal que me examinó de mi tesis doctoral. Quise que se encargara él de hacerlo como quise que dirigiera mi trabajo Juan José Acero, con quien tenía más afinidades filosóficas, y ambos me hicieron el honor de aceptar. Me sorprendió profundamente que en su intervención, y no puedo más que agradecérselo, se acordara de aquel antiguo estudiante y trazara una breve semblanza precisa de su gesto serio y un poco retraído, independiente e inquisitivo, entre otras razones porque jamás hubiera imaginado llamar la atención lo suficiente como para haber soportado el paso de tantos años.
Durante su larga viva académica, Pedro Cerezo ha escrito numerosas obras de un rigor y una extensión excepcionales, dedicadas a Machado, Heidegger, Ortega, Unamuno y otros temas. Confieso que las conozco más bien poco, pues ya he señalado que mis intereses intelectuales se han desarrollado por otros derroteros, pero me consta que han marcado un hito perdurable en el panorama filosófico español de nuestro tiempo. En cambio, volví a encontrarme personalmente con Pedro Cerezo a lo largo de varios cursos en las sesiones y en algunos congresos de la AAFI, creada sin lugar a dudas bajo su impulso hace doce años. Nos reuníamos un grupo de profesores en el instituto Ángel Ganivet de Granada, donde a la sazón yo impartía clases, unas cinco veces por trimestre, para tratar de temas como la universalidad y la multiculturalidad, la tercera vía o autores como Juan Marichal o Martin Heidegger. Luego, yo lo tuve que dejar y ellos han seguido con Habermas, Hegel o Aristóteles. Evidentemente, Pedro Cerezo era en aquellos encuentros, cuyo nivel resultaba muy estimable, el auténtico maestro y, pese a eso, jamás le vi el menor atisbo de darse aires de superioridad. Al contrario, lo que me sorprendió en ese contacto más sostenido y próximo fue que su actitud y su actividad estaban presididas por el entusiasmo y la verdadera entrega intelectual, pues por más cargada de compromisos que estuviera su agenda (incluyendo la asistencia a congresos o conferencias en el extranjero), no cedía a nadie en asiduidad y laboriosidad. También me llamó la atención por el exquisito respeto a las opiniones ajenas, por la gran sencillez e incluso modestia con la que avanzaba las suyas, no obstante ser un prodigio de sensibilidad, inteligencia y saber. Una anécdota al respecto es que, el año que estudiamos a Heidegger, yo elogié una breve monografía sobre el mismo de George Steiner. Pues bien, Pedro Cerezo, que no la conocía, tomó nota al respecto y a la sesión siguiente apareció con la obra perfectamente leída, estudiada y ponderada.
Además, en muchas ocasiones dichas reuniones filosóficas, que podían llegar a ser bastante intensas y durar hasta tres y cuatro horas, acababan junto a la barra de algún bar próximo al Ángel Ganivet con una copa de vino en la mano. Pude comprobar entonces que quien había sido mi antiguo profesor, con la imagen de un joven y elegante catedrático, siempre impecablemente preparado e impecablemente trajeado, aunque puede que algo distante o así me lo parecía a mí, era una persona muy humana, cálida y próxima, interesada genuinamente por los demás. También me admiró observar cómo Pedro, al desgranar aquí y allá algunos acontecimientos relevantes de su vida, como pudo ser su paso por la política en calidad de diputado al Congreso por parte del Partido Socialista, era siempre un perfecto caballero que hablaba de las personas y de las cosas sin la más mínima acrimonia, antes al contrario con una mesura, elegancia y generosidad propias de un espíritu verdaderamente grande. Cómo poder agradecerle tamaña lección de humanidad e inteligencia, máxime cuando acaso a causa de cierta pereza por parte mía he frecuentado poco su obra. Resulta muy difícil, así que sea este mi modesto y sincero homenaje a mi antiguo profesor y luego, gracias a su gentileza, amigo.
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