VIVIR
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Dieciséis de marzo de 1906
Hoy se conmemora el centenario de Francisco Ayala. IDEAL reproduce las partidas de bautismo del escritor y de su madre, Luz García-Duarte
FIDEL VIDAL RIBOT //FOTOS: IDEAL Y F. V. R. / GRANADA
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EL hoy centenario Francisco Ayala nació en Granada el 16 de marzo de 1906 en la casa familiar, situada en el número 11 de la calle Canales, propiedad de su abuelo materno Eduardo García-Duarte. La criatura vino al mundo a la una de la mañana. Y fue bautizada en la parroquia de los Santos Justo y Pastor el 11 de abril por el cura párroco de dicha iglesia, Joaquín Urbano Vegas.
Francisco era el primogénito del matrimonio formado por Francisco Ayala Arroyo, oriundo del pueblo malagueño de Campillos, y Mª Luz García-Duarte González, natural de Granada. Como el padre de la novia acababa de morir, «la boda de mi madre se celebró sin demora, en familia, y con el triste recato impuesto por el luto. Lo cierto es que mi abuelo había procurado retrasar cuanto pudo el casamiento, poniendo como condición al novio, mi padre, que terminara sus estudios y, licenciado al fin en Derecho, se aplicara a algún trabajo profesional».
Los abuelos maternos
Los padres de Luz fueron Eduardo García-Duarte y Josefa González Pérez. Luz era la hija menor del matrimonio «y, de seguro, su predilecta».
De Josefa apenas si constan datos en la memoria familiar de los Ayala. Para nuestro autor, «probablemente moriría siendo ella (su madre) muy niña; pero, de todos modos, un silencio tan denso, tan consistente, me hace sospechar algún sufrimiento oculto de esos que las familias envuelven en deliberado olvido, pues mientras que la memoria del abuelo estaba rodeada por un halo de general y muy respetuoso afecto, de su mujer, que, sin embargo, le había dado hijos numerosos, a nadie -no sólo a mi madre, sino a nadie- le oí jamás referencia alguna, hasta el punto de que ni siquiera conocía yo su nombre».
La memoria de Eduardo sí fue entonces extensa en la casa familiar: «Su juventud había sido trabajosa y económicamente muy estrecha, pues, huérfano de padre, debió sostener la casa sin otros recursos que los del propio esfuerzo. En los retratos que de él se conservan aparece como un hombre alto y más bien delgado, con patillas, o bien, hacia el final de su vida, con unos grandes bigotes». Este hombre, médico de profesión, llegó a ser rector de la Universidad de Granada desde el 27 de junio de 1872 hasta el 27 de febrero de 1875, falleciendo en 1905. Los padres del abuelo Eduardo fueron Manuel García Herrera y Victoria Duarte Caldero, nacidos en Madrid, mientras que los de Josefa fueron Francisco González Serrano y Josefa Pérez Albéniz. Resulta curioso constatar que en la partida de bautismo de Luz, la madre del autor centenario, se hace destacar por despacho del Ilustrísimo Señor Provisor la unión de el García y el Duarte como un solo apellido -unido por un guión-, gracias a una Real Orden de 12 de enero de 1898.
La otra familia
Por su parte, los padres de Francisco Ayala Arroyo -el progenitor de nuestro autor- fueron Vicente Ayala Gignar, de Málaga, y Mª Dolores Arroyo Gavilanes, de Sevilla. Vicente fue magistrado y se jubiló siendo presidente de la Audiencia de Córdoba. Francisco había nacido el 28 de abril de 1878 en el número 18 de la calle de Enmedio, de Campillos.
Los abuelos paternos fueron Vicente Ayala Recalde, de Málaga, y María Gignar Marín, de Gibraltar; y los maternos, Francisco Javier Arroyo Salazar, de Ugíjar (Granada), y Pilar Gavilanes Moler, de Málaga.
En esta rama de la familia corrían aires conservadores que «revelan el rigor con que su estirpe estaba adherida al sistema de valores que los más arcaizantes estratos de la sociedad española preservaban con ahínco: orgullo de la propia posición, desprecio, no ya hacia el trabajo físico sino hacia cualquier actividad lucrativa (pues el comercio, la industria y cuanto no fuera la percepción de rentas o, a lo sumo, un cargo público dotado de autoridad, eran ocupaciones impropias de caballeros) y, por supuesto, un catolicismo enteramente acrítico».
Por la educación recibida en ambas familias, el matrimonio de Francisco y Luz puede decirse que representaba dos ideas de vida completamente antagónicas. Y confiesa el escritor: «Tensiones domésticas debió de haberlas en el matrimonio desde el comienzo, aunque me imagino que muy larvadas, nunca en forma abierta; y si las hubo, sería por motivos económicos. El conflicto entre las dos concepciones del mundo que sostenían una y otra ramas de la familia no se me reveló a mí hasta que estalló la guerra europea».
Un paraíso
Aquella casa situada en el número 11 de la calle Canales vino a constituir, con el paso del tiempo, el paraíso de la memoria del escritor. Las hermosas páginas de El jardín de las delicias es buena muestra de ello. «A mi madre le gustaban mucho las flores y yo la acompañaba en su gusto. Siempre había tenido ella jardín y cuando alguna vez ya no lo tuvo procuraba suplir su falta con algunas macetas. En casa había un cuadro pintado por su mano donde se ve el jardín de la casa de mi abuelo, al que yo nunca hube de asomarme. Ese cuadro me serviría, corriendo el tiempo, como punto de partida para una especie de relato poemático titulado Nuestro jardín, el jardín inmortal de nuestras nostalgias».
Mudanza
De esa casa, la familia de Francisco y Luz pasó de inquilinos -las condiciones económicas de Francisco eran paupérrimas- a la de San Agustín número 14, que era propiedad de la familia Fernández-Almagro y en donde Francisco Ayala trabó buena amistad con Melchor, ese otro intelectual granadino de capital importancia en nuestra cultura y que tuvo a bien recordar después en las hermosas páginas de sus memorias tituladas Viaje al siglo XX.
Aquella entrañable casa que tantos recuerdos guardaba para el niño Francisco, pasó de inmediato a ser propiedad del doctor José Martín Barrales, padre de la más insigne poeta de Granada, Elena Martín Vivaldi. Todo un lugar para la historia más íntima de nuestra ciudad que se hace necesario evocar para que, al menos por una vez, triunfe la belleza de las palabras por encima de cualquier otra barbaridad urbana de las que nos amenazan cotidianamente.
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