– Análisis forense de la resurrección
LA resurrección de Jesús de Nazaret es un acto de fe. El paso del Jesús histórico al Cristo de la fe es un gesto de confianza que tiene que ver con las creencias de todo el que haga un ejercicio de reflexión sobre el sentido de la vida. Ni los más rebeldes ateos, ni los indelebles antiteos, ni los descreídos rebotados, ni los agnósticos opcionales, ni los dudosos circunstanciales, cuestionan la existencia histórica de Jesús. Su vivencia es una evidencia demostrable de forma interdisciplinar. La literatura antigua, la historia, la arqueología, la topografía, la geografía, la tradición, la exégesis o la hermenéutica, son algunas de las disciplinas que confirman la historicidad de un tal Jesús de Nazaret que vivió por tierras palestinas en tiempos de dominación romana (la época del segundo templo que con posterioridad se llamó nacimiento de la era común o cristiana o como quieran llamarla). A estas disciplinas académicas podemos añadir aquellas otras sobre las que la historicidad de Jesús sirvió como base de creatividad: la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, la literatura y todas las artes en las que aquel hombre vilipendiado y vanagloriado fue objeto de representación.
A todos estos campos de investigación se suma ahora una de los más empíricos, de carácter médico, la ciencia forense que entra en juego de la mano del profesor de la Universidad de Granada, Miguel Lorente. En su reciente libro 42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo (Aguilar), Lorente pretende reconstruir los hechos que tuvieron lugar desde el momento de la crucifixión hasta el instante de la ascensión. El resultado de sus sesudas maquinaciones le han llevado a afirmar que el Jesús histórico no murió en el patíbulo de la cruz sino que sufrió un coma profundo del que se recuperó.
El estudio forense del cadáver que no tenemos, de una persona que la tradición dice que ha resucitado es, a pesar de todo, un reto para los científicos. Para su investigación, Lorente analiza los restos de la sangre y demás animalitos orgánicos depositados sobre la sábana santa de Turín. Las pruebas del carbono catorce, el estudio de los isótopos radioactivos y todos los avances de la ciencia orgánica sirven para viajar por el túnel del tiempo. Lo que Lorente presenta son hipótesis basadas en conclusiones de otros científicos ya que no ha tenido acceso directo a la reliquia sagrada. La sábana santa, la santa faz, el santo grial, los clavos de la cruz de los que se cuentan más de mil por todo el mundo (yo mismo descubrí uno con certificado de autenticidad en la biblioteca de un monasterio gallego), las astillas del madero de la cruz, y tantas otras reliquias, son -fueron- razones de fe para un pensamiento más medieval que contemporáneo. Durante siglos, la fe popular ponía toda su confianza en estos elementos para reforzar las debilidades que se producían donde la razón no llegaba.
Los cuarenta y dos días (título del libro) son para Lorente el tiempo que transcurrió desde la crucifixión hasta la última referencia de Jesús en la tierra (dos, de la muerte a la resurrección; cuarenta, de la resurrección a la ascensión). Sin embargo, esta cifra -como la mayoría de los números bíblicos- pertenece al lenguaje simbólico de la numerología que en el judaísmo dio lugar al nacimiento de la cábala y en el cristianismo se limitó a ocultar el lenguaje metafórico de la apocalíptica literaria. Por eso, como la gran mayoría de los números bíblicos, el cuarenta o cuarenta y dos es un símbolo, un número testimonial y no una cifra exacta contada por un calendario.
Aunque la literatura del Nuevo Testamento y el cristianismo primitivo aportan poca información de la Jerusalén del siglo I, cada día tenemos más datos de cómo era el judaísmo de la época del segundo templo y el contexto social, político y religioso en el que vivió Jesús de Nazaret. Además de los textos canónicos, la arqueología, la literatura apócrifa, los manuscritos del Mar Muerto entre otras fuentes, nos permiten conocer algo más y mejor el contexto en que nace, vive, muere y -para quien quiera creerlo- resucita Jesús. Por ejemplo, hoy sabemos que en la Jerusalén de la época, cuando la pena de muerte estaba al orden del día, el castigo judío era la lapidación y el romano era la crucifixión. Esta cuestión (en la que Lorente ni asoma) abre un debate sobre quién mató a Jesús. La pregunta cuestiona la tradición milenaria que responsabilizó a los judíos y eximió de toda culpa a los romanos.
Para hablar de la resurrección, la película de Mel Gibson no es una fuente documental sobre los acontecimientos históricos de las últimas horas de vida de Jesús. Antes al contrario, el guión está basado en el relato excéntrico de la monja apasionada Anne Catherine Emmerich. Sin embargo, fuentes arqueológicas sobre la Jerusalén de dominación helenista y romana, manuscritos como los de Nah Hammadi, Qumrán, Nahal Hever, testimonios como los de Flavio Josefo, Filón de Alejandría, pueden ser -de hecho son- testimonios extrabíblicos que ayudan a comprender lo que se narra en la literatura bíblica. La resurrección -según Lorente- es una cosa y la resucitación otra. Claro que el mismo Nuevo Testamento ofrece otra dimensión novedosa en el relato de Lázaro el de Betania, al que Jesús hace volver a la vida. El hecho como tal no es una resurrección ya que Lázaro con posterioridad se supone que volvería a morirse por segunda vez con una muerte como la del resto de los mortales. Con razón en este caso, los teólogos hablan de revivificación -otro neologísmo que unimos al de resucitación-.
El paso del Jesús de la historia al Cristo de la fe forma parte de ese acto en donde la ciencia, lo empírico, lo racional y lo demostrable tienen poco o nada que hacer. En una sociedad en donde se impone la razón coherente y consecuente hablar de vida más allá de la terrena, de resurrección, de reino de los cielos y de Dios se queda reducido al ámbito de lo más estrictamente íntimo y privado. Intentar confirmar lo que no se puede demostrar suele producir resultados esquizofrénicos. Por eso, la lógica hace que el ateo no necesite razones para demostrar la inexistencia de Dios. Y aunque la teología medieval ha intentado elaborar argumentos para probar su existencia, la filosofía agustiniana ha confirmado que es imposible meter todo el agua del mar en un agujero de la playa.
La fe es uno de esos elementos que pertenecen al mundo de lo personal y privado aunque tenga sus manifestaciones externas y comunitarias. Creer en Dios es como un acto reflejo para quien tiene fe. Tan simple como el acto inconsciente de respirar. Por eso, tener fe no consiste en creer en la autenticidad de la sábana santa, la verónica, los clavos de la cruz o la sangre de san Jenaro. La fe en el Dios de Jesús consiste en creer en el mensaje evangélico de la resurrección. Lo demás (reliquias, santos, sacramentos, curas y papas) son medios que pueden ayudar -a veces obstaculizar- al creyente a vivir su fe.
El error de Lorente -superado en el siglo XIX el Concilio Vaticano I- está en enfrentar la fe con la razón. Dos cuestiones que se mueven en planos distintos. Si no separamos estos niveles volveremos a enfrentar la teoría de la evolución con los relatos de la creación. El cuento de nunca acabar.
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